Atrás, la ciudad

by - julio 17, 2015


A la salida Leo me dice “no hay problema”, que él me lleva a casa. Eso me pone muy nerviosa, pero acepto. Me sujeto a su cintura, me toma de la mano indicándome donde debo colocarla con más fuerza. Le abrazo por detrás discretamente, mis manos sudan. Me muestra también donde tengo que apoyar mis pies, no es como la tierra firme, temo perder en el trayecto una sandalia. Es mi primera vez. 

Avanzamos, hace calor. El viento caliente me desordena el pelo, con una mano trato de domarlo, es imposible, lo dejo. En la autopista con la velocidad el horizonte alrededor es una línea verde. Giramos a la izquierda para adentrarnos en la ciudad. Es la hora punta, sorteamos una fila de coches que parece perderse en el infinito, no es correcto, pero Leo es así, impaciente. Nos detenemos en un semáforo, pienso en ese instante detenido, yo abrazada a él sólo por las circunstancias. A un lado en un coche una familia escucha música de niños, el conductor canta animado tratando de calmar a un bebé que llora desconsoladamente en el asiento trasero. Al otro lado, una camioneta de reparto, el copiloto me guiña el ojo, me bajo con incomodidad un poco más la falda tratando de tapar mis rodillas. Seguimos.

Transitamos frente a la escuela de música. Están los muchachos afuera con los instrumentos en la funda, uno de ellos toca a solas el clarinete bajo un árbol. Nos alejamos dejando a la melodía desaparecer. Recorremos el centro de la ciudad, el tráfico se desordena aún más, un policía pita y suda a borbotones tratando de acomodarlo con poco resultado, a un lado el lago en calma desprende un olor prestado a mar, al otro una ciudad indomable, rebelde, que sus habitantes aman sin saber por qué, como cuando amas a alguien complejo, enrevesado, difícil de dejar. Nos interrumpe el paso un destartalado autobús atestado de gente, por la ventana sale un reggaeton atormentador que grita el altavoz a todo volumen, en la puerta un muchacho alegre va colgado haciendo la percusión contra la carrocería. Nos indica con la mano que el autobús se va a detener y baja una mujer joven con una niña en brazos, dormida sobre una pequeña toalla que lleva apoyada sobre el hombro. 

Adelantamos el vehículo y pasamos frente a una iglesia pintada de azul intenso como en un cuento de hadas con un final feliz, me gusta, siempre me ha gustado el color azul, en ese momento pienso que tengo mucha ropa de ese color, debería variar, comprar quizás roja. Observo que la pared lateral la tiene desnuda, dejando ver la piedra original de caña y barro atestiguando el paso del tiempo. 

Doblamos a la derecha y desembocamos en el parque de mi infancia, me veo a mí misma de niña, corriendo junto a mi hermano con un helado en mis manos para ver las fuentes que cambian de color, azul, verde, ahora amarillo, se intercalan, cambian de intensidad, suben y bajan, saltamos de alegría, siento pequeñas gotitas de agua en el rostro, mis padres nos vigilan sentados en un banco. Ya nada es igual, ahora es un viejo parque deteriorado con un exagerado cartel de rehabilitación con propaganda de gobierno. Tiene años así. 


Una nube se atraviesa ante el sol inclemente dándonos una pequeña tregua. De pronto, un frenazo inesperado por culpa de un taxista imprudente hace abrazarme con intensidad a la cintura de Leo, me asusto. Leo suelta violentamente unos improperios que acompaña batiendo sus manos, se indigna, se calma, voltea hacia atrás, me mira y me pregunta si estoy bien. Me suelto momentáneamente de él, me llevo las dos manos al corazón y asiento con la cabeza. Sonrío, él me corresponde. Seguimos. 

Veo a unos empleados bancarios salir de la jornada en traje y corbata, medito sobre lo absurdo que es la exigencia de obligarlos a ir al trabajo de etiqueta, al salir el calor debe golpearlos como en el propio infierno, a pesar de ello ríen y se hacen bromas entre sí. Uno de ellos camina apartado del grupo, lleva la camisa abierta hasta el tercer botón, la corbata desajustada, pantalones ajustados y zapatos puntiagudos como salido de Vogue.

Pasamos frente a la Facultad de Humanidades, hoy no hay clases, los obreros aprovechan para regar sus jardines, extraño a los estudiantes cargados con sus libros y sus sueños. Pienso en los alumnos de educación física en chándal ensayando sus coreografías con balones, en los de letras hablando de poesía en la cafetería, a los futuros periodistas siempre reclamando derechos, a las muchachas de pedagogía infantil dejándose preguntar divertidas por los estudiantes que vienen de ingeniería a ligar, si hoy tienen examen de plastilina II, ellas se ríen coquetas e intercambian miradas, algunas se enfadan.

Nos detenemos en un semáforo antes de salir nuevamente de la ciudad. Un señor mayor atraviesa la calle, lleva dos bolsas de supermercado y un bastón, sus pies arrastran el paso de los años, cuando el semáforo cambia a verde el anciano aún no ha terminado de pasar, un coche le apura con un bocinazo, el señor alza el bastón amenazante.

Atrás dejamos el bullicio de la ciudad. De nuevo en  la autopista me invade el deseo de dejar caer mi rostro sobre la espalda de Leo, sentir su olor. No lo hago, sé las consecuencias, no somos libres. Él ajusta el retrovisor para mirarme por instantes fugaces mientras coordina la conducción. Al darme cuenta intento perder mi mirada en otra dirección para no encontrarme con sus ojos.

Entramos en la urbanización donde vivo en las afueras de la ciudad. Llegamos a mi calle, está vacía, es la hora de la siesta, el calor apremia y la hunde en un letargo. Me bajo, sonrío, Leo me mira intensamente y me pregunta si todo está bien, le doy las gracias y nos despedimos. Mientras entro a casa, escucho el rugido de su moto alejarse, en su espalda se lleva mis sensaciones, ojalá aún recuerde mis manos. En la puerta le doy vuelta a la llave y pienso como nos quedamos toda la vida debiéndonos un romance. 

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