sábado, 4 de abril de 2015

El tiempo nuestro de cada día


Del lugar donde vengo el mal tiempo es una novedad. Tenemos al año tres mil doscientas ochenta y cuatro  horas de sol de los que parten piedras. Cuando era chavala y mi padre veía enfundándome las sandalias de diez centímetros de tacón para salir de fiesta, me preguntaba cuando el cielo nos amenazaba con su primer trueno: ¿y vos vais a salir con lo que viene ahí? señalando la tempestad, en parte porque la lluvia a los caribeños nos adormece el ánimo y mi ciudad natal es un caos cuando llueve. 

Nunca antes había conversado sobre el tiempo, bueno, a veces. En mi vida pasada me quejaba del calor con mis compatriotas, o del sol ardiente que parece penetrarte por los poros y quemarte hasta el alma, un sol picante decimos allá, o alguna u otra vez  se desprendía un diluvio bíblico colapsando todo y se volvía trending topic como diríamos en esta época. Pero hablar aquí del tiempo es un tema socorrido que hasta le coges el gustito. En Galicia hay más de cien términos para referirse a la lluvia, todos ellos muy poéticos. Yo antes sólo conocía los básicos y después de tantos años aquí me he enterado que la lluvia con sol por ejemplo, es un “froallo”, o a un aguacero intenso se le llama “chaparrada”. Si la película Take Shelter se hubiese filmado en Galicia Curtis Laforche se construía ese refugio para protegerse de la chaparrada apocalíptica gallega.


Hay un término (este es nacional y de rigor científico) que a mí me encanta “Ciclogénesis explosiva” para referirse a un huracán amistoso que se forma rápidamente y explota lanzando agua a mansalva. A decir verdad uso ese término desde que lo escuché para referirme a mi síndrome premenstrual, lo relaciono con el coctel revuelto de hormonas de esos días de mi vida como mujer. A mi marido le digo: “cuidado que estoy de ciclogénesis explosiva” y se vuelve comprensivo como por arte de magia.

Hablar del tiempo es un arma poderosa que vale para hacer amigos, para romper silencios incómodos con los vecinos en el ascensor, para que la espera no sea aburrida y en los mejores casos puede ser la chispa de una conversación para encender la llama del amor. 



Y aunque es un tema banal sirve para entender el ánimo y la actitud de la gente. Los más pesimistas se derrumban con los días casi infinitos de lluvia y cielos grises. Los optimistas conservan su sonrisa a pesar de que estén cayendo “chuzos de punta”. Somos así “seres hechos de tiempo”, es una verdad absoluta como el clima moldea la personalidad, los procedentes de tierras calientes lo sabemos muy bien. Particularmente la falta de luz solar afecta mi biología, he estudiado minuciosamente la relación entre la luz y la producción de serotonina, porque eso de andar cabizbaja, sin ánimos y durmiendo a retazos como que no, entonces busco otras fuentes del neurotransmisor de la felicidad, hacer ejercicio físico a diario y las sobredosis de nutella a cucharadas soperas sin posterior arrepentimiento son mi prozac.

Pero, hay que ver cuando sale el sol, estamos todos como recién enamorados después de descubrirse mutuamente la piel: irradiamos felicidad. 

Santiago celebra el sol. El vendedor que en un día gris te atendió malhumorado, un día brillante te regala su mejor sonrisa, el chofer del autobús que en el trayecto con nubarrones tiene la cara de un suicida, te contesta los buenos días alegremente. En un día soleado todos hemos recibido nuestro chute de serotonina y se nota.

Hoy tengo la triste noticia de que amaneció gris, pero ya me zampé mi respectiva cucharada de nutella, y también se nota.