martes, 9 de febrero de 2016

Ese oscuro objeto de deseo


No voy a hablar de la película de Buñuel de quien he tomado el título, o de la cazadora de serpiente que usó Nicolas Cage en la película "Wild at heart", o a revelar mi fetiche (creo que ya he escrito sobre este último, ¿no?). 

De lo que voy a hablar es del poder evocador del cine, de escenas que van directamente a los sentimientos. Hoy quiero contar una pequeña anécdota relacionada con esto y con el “objeto de transición”. El objeto de transición es aquel objeto a los cuales lo niños se apegan, puede ser un oso, una manta, una almohada… Lino de Charlie Brown no abandona una frazada polvorienta que lleva a todas partes. Otro ejemplo es Hobbes, el inseparable tigre de Calvin del cómic de Bill Watterson, o el más famoso de todos Woody, el simpático vaquerito de la película Toy Story.

Fue el psicoanalista Winicott quien elaboró una teoría sobre esta característica infantil. Los objetos transicionales cumplen una función emocional durante la etapa de despego de la figura materna, esto explicado en términos populares. La teoría como todo el psicoanálisis es más enrevesada y para entenderla bien hay que sentarse con lupa a leerla. 

Lo cierto es que mis hijos han tenido estos objetos. El mayor se apegó a un pato de colores del cual se antojó en una tienda de chinos y que dejamos abandonado en un taxi que nos llevó al aeropuerto a tomar un vuelo internacional. A los diez minutos del despegue se dio cuenta de la ausencia del pato, la pérdida se convirtió en una auténtica tragedia griega a bordo. Su llanto causó una turbulencia entre los pasajeros más emotivos que no paraban de hacer carantoñas y ofrecimientos para apagar el llanto de mi hijo. Por suerte, durante la travesía el pato pasó al olvido. 

Mi hijo menor tiene un oso panda que de tanto uso ha pasado a ser gris y negro. Aunque ya tiene nueve años a veces lo desempolva para abrazarlo por las noches. Pandi se llama y lo tiene desde los doce meses de edad. Hacía mucho que no se acordaba de él, hasta que vimos “Náufragos” la película protagonizada por Tom Hanks. 

En casa solemos hacer sesiones de cine familiar invernal que incluyen un bol XXL de palomitas, cocacolas ligth sin cafeína, un sofá para todos y una manta por la cual nos peleamos cuando alguien de la familia tiene el atrevimiento de halarla de más para sí dejando a los otros con los pies descubiertos. Yo casi siempre elijo las películas aprovechándome de mi estatus de mamá y de tener hermano cineasta,  todas retro (es decir de mi tiempo) y apta para todos los públicos. Ya estamos grandes para las animaciones de Disney. 


Un día escogí "Náufragos" porque a veces mis hijos me llaman para ver “Aventuras en pelotas” o “El último superviviente”, programas televisivos de moda sobre supervivencia en donde enseñan que en toda selva por más remota que sea siempre te encontrarás una olla para hervir gusanitos comestibles y no languidecer. A ellos estos realities les encantan. 

Bueno, pero a lo que voy. El pobre Tom Hanks después de un accidente aéreo se queda solo en una isla desierta, por suerte en el pacífico, con buen clima y palmeras ondeadas por el viento, de esas que todos queremos irnos cuando estamos estresados. De los objetos que llegan a la isla procedente del avión siniestrado hay un balón de volley de la marca Wilson. Para paliar la soledad, Tom decide hacerse amigo de la pelota, le pinta un rostro, habla con él, se ríe y también se enfada, es decir, se convierte en su “objeto de transición”, su amigo imaginario. Cuando Tom Hanks envalentonado decide luchar por su vida, construye una balsa y se lanza al mar llevándose por supuesto a su inseparable amigo Wilson, pero entre el bamboleo de las mareas la pelota desinflada por las vicisitudes vividas en la isla,  se cae al mar y va alejándose mientras el protagonista llora y grita “Wilsoooonnn”. El balón se pierda en la inmensidad del océano; y es aquí donde empieza mi historia. 

Mi hijo menor se tapa con la manta y se echa a llorar a moco tendido como Hanks. Cuando vi esta película en el cine de mi ciudad los espectadores se reían en esta escena, algo que explica la anarquía del carácter maracucho y su humor ácido. A mí me entró la risa en casa como buena madre maracucha que soy, mi marido me lanzó una mirada de reprobación por mi conducta nada maternal y entonces pasé a solidarizarme con mi hijo por aquello de no reírse de los sentimientos ajenos como diría mi señora madre. 

Terminada la película me quedé pensando en la reacción de mi hijo ante una escena que para un adulto no tiene gran importancia, pero que para él fue muy emotiva. En su imaginación pensaba perder a Pandi en una circunstancia terrible, un oso de peluche que tiene un significado afectivo, su “objeto de transición” que comúnmente se esfuma a los tres años, pero que pervive en los recuerdos. Nos aferramos a cosas materiales que nuestra memoria reaviva, yo soy una de las que tiene en un cajón lleno de tonterías difíciles de desprenderme de ellas porque me recuerdan épocas de mi vida, soy de una naturaleza nostálgica incorregible.

Siempre me he preguntado si serán conscientes los guionistas de los significados y de la identificación psicológica que algunas escenas nos producen y nos alborotan las emociones para bien o para mal, o es el más profundo yo inocente de todo el que habla en el proceso de creación. Sigo pensando en ello, no tengo la respuesta, pero por los momentos les digo que ese sonriente oso que ilustra esta historia es Pandi ¿quién no lloraría si se perdiera con lo mono que es?