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Un amigo regresó a Maracaibo después de un exilio de pocos años. Me dijo antes: no vuelvo por nostalgia, lo hago por realidades. Abandonó la ciudad fría y lluviosa que lo entristecía. Entre paisanos sabemos que tanto irse como volver son actos de valentía.

Está feliz.

Encontró su casa limpia. La casa que es mi ciudad, me escribió. Aún no le han apagado la luz.

Me envió fotos.

En la entrada, un hogar verde le da la bienvenida. Los jardines siempre son necesarios. En el salón una fotografía en formato grande de su autoría cuelga en la pared. Compartir la mirada es su oficio, él dice que para enamorar a los amigos con su quehacer. Lo certifico.

En la cocina hay  un libro, una olla, una taza, una tabla de cortar.

Un kayak solitario en la esquina.

El lago a pocos metros.

La brisa de siempre.

Como aquella mañana soleada de diciembre, estoy segura de que la armónica de Dylan le seguirá sonando finita.

 

Publicado originalmente 01/07/22.

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"Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida". Chavela Vargas.

Con frecuencia recuerdo la plaza abandonada en la colina donde contemplaba el lago con aroma prestado del mar. 

El viejo banco carcomido por el salitre, la aridez de la tierra bajo los pies. El edificio de viviendas lujosas al lado. El contraste de una ciudad injusta que algunos meses me regalaba la brisa fresca del atardecer.

Del otro lado, a lo lejos en la avenida, el tráfico, una raya larga de caos me parecía ajena desde la plaza. El mundo se detenía para permitirme mirar un horizonte por aquel entonces inalcanzable.

He tenido la suerte de conocer algunas de las plazas más bellas del mundo, empedradas, elegantes y conservadas con perfección. Pero ninguna como aquella de la que me apropié para siempre una tarde de enero.
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Aquella noche mientras la gran mayoría del país celebraba por todo lo alto la elección de un militar golpista, profesional de la charlatanería como el nuevo presidente de Venezuela, sus pocos adversarios nos sumimos en una incertidumbre y preocupación porque sabíamos que nada bueno podría pasarle al país con semejante error electoral.

Hugo Chávez era el nuevo mesías que había repartido sueños a bordo de un antiguo escarabajo volkswagen, en los mítines durante su frenética campaña electoral en los barrios más pobres de Venezuela. Los dos golpes de estado que había protagonizado años anteriores fueron borrados de la memoria de la gente rápidamente por un batiburrillo ideológico que el coronel recién bautizado presidente llamó “Socialismo Bolivariano del siglo XXI”, un auténtico caos de ideas políticas delirantes producto de su mente megalómana. 

Emigré recién estrenado el chavismo en Venezuela, pero alcancé ver el desastre que se avecinaba. Yo trabajaba en aquel entonces en un organismo dependiente del Ministerio de la Familia encargado de legislar la atención de la infancia en el país. Presencié la primera irregularidad: el nombramiento de un militar en activo como director regional de dicho organismo; un hombre de bigote espeso que llegaba a su despacho con su uniforme de gala lleno de abalorios condecorativos. Recuerdo una comida con los directores de la institución, el militar presidía la mesa. Sentado a mi lado un administrativo no paraba de hablar de Chávez con un fervor religioso, mientras a mí me temblaban los tenedores de espanto. No vomité de milagro, yo también era víctima de los estragos de la polarización política. Cuando se tiene esa fe ciega en un político cualquier abuso de poder es perdonable, como sucedería en adelante. 

La improvisación, la corrupción y la mediocridad se apoderaron velozmente del país. Las políticas sociales sólo fueron un parche que no solucionaban los verdaderos problemas. La alta renta petrolera permitió despilfarrar el dinero en medidas demagógicas muchas de ellas creadas en vivo y en directo en el maratónico programa televisivo “Aló presidente”, digno más de un showman que de un mandatario nacional. La agenda presidencial incluía cantar, bailar, contar chistes y jugar al béisbol ante las cámaras. 

Con su manguera petrolera compró lealtades vecinas que ahora con el éxodo masivo de venezolanos que huye de la miseria de la tan alabada revolución bolivariana, se llevan las manos a la cabeza con la problemática que la inmigración sin control representa para sus débiles economías.

Ni las revueltas sociales que arrojaron más de cien muertos, ni paros petroleros, ni huelgas generales, ni referendos revocatorios, ni siquiera la muerte de su creador pudieron acabar con el flagelo del socialismo bolivariano, un sistema sumamente eficaz para saquear el país a manos de la clase dirigente y todo aquel que se enchufó a la revolución con la ambición de enriquecerse sin ningún principio moral. 

En mi retina quedó grabado el día en que un Chávez moribundo alentaba a sus seguidores a votar por su sucesor Nicolás Maduro, un hombre que no tenía más mérito que lamerle las botas al coronel. Si para mí el finado era un narcisista al cual la devoción del pueblo le alimentaba las ideas delirantes de un constructo de país que sólo existía en su mente, Nicolás está desprovisto de la capacidad para gobernar, una caricatura ridícula de aquel. Un ignorante de puño duro ungido por la gracia del militar golpista antes de morir, rodeado de antisociales de corbata jugando a gobernar. Una mafia en el poder con licencia para cometer barbaridades en nombre del pueblo.

Con dolor escucho el nombre de mi país como el ejemplo de todo lo malo que le puede ocurrir a un pueblo que se deja seducir por la demagogia.

El chavismo lanzó al ochenta y siete por ciento de los venezolanos a la pobreza. La igualdad social tan cacareada por el gobierno se mide en ese parámetro: la miseria que afecta a mi gente. La economía bolivariana desbarató el aparato productivo nacional.

Por otro lado está la boliburguesía, una minoría de “robolucionarios” amasando fortunas y viviendo a todo lujo en los imperios capitalistas que tanto criticaban. La doble moral al desnudo. 

La carencia de medicinas, la escasez de comida, los cortes de luz, la falta de agua, la inflación galopante, la delincuencia impune, los míseros sueldos asfixian la vida de los venezolanos empujándolos a abandonar el país a pie, bordeando las montañas andinas en humildes ropas tropicales con sólo la esperanza de una vida mejor a cuestas. Venezuela fue un país receptor de emigrantes y ahora expulsa a sus habitantes a diario. Es duro ser emigrante y más si fuiste desterrado de tu propia casa. En los periódicos de los países receptores saltan las noticias de la creciente xenofobia hacia los venezolanos que leo con dolor, pero también abundan las noticias reconfortantes de la solidaridad que la mayoría encuentra en las naciones hermanas. No olvidemos esto, los buenos siempre son más. 

Anhelo la caída del régimen pacífica, alejada de toda intervención militar. El relato de la guerra económica, la compra de armas, los magnicidios, las conspiraciones, los golpes de estado, el enemigo exterior han protagonizado la narrativa presidencial en estos años de chavismo, la violencia se trata con la ligereza de un chisme de vecindario.

A menudo tengo pesadillas en las cuales Maduro me asfixia con sus propias manos. En mi memoria y en mis historias está el país que ya no existe, que nos robaron. Ahora tenemos uno saqueado habitado por un pueblo desesperado, humillado, sometido. Cada política puesta en marcha va en contra la dignidad de la gente, como si fuera el producto de la venganza de mentes retorcidas.
 Hasta en la diáspora recibimos sus embestidas. 

La nefasta situación me ha robado la alegría de volver cada año para abrazar a los míos. Mi regreso a Venezuela era la inyección de energía que me permitía afrontar las ausencias de mucha gente que amo. De arroparme con la calidez de mi tierra, de llenarme el alma de trópico. 

Deseo con premura el final de esta pesadilla. El momento de reconstruir entre todos los pedazos de país que dejará la dictadura chavista. Será díficil, pero no imposible encaminar una sociedad que se retorció en la búsqueda de su salvación entregando el poder a la demagogia. Confío en que hayamos aprendido la lección, los mesías con varitas mágicas no existen. 

No nos volverán a vender humo nunca más.

Venezuela, te sueño libre.

Foto: ABC
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 "La victoria sabe a caldo de gallina", es un relato que reedité para participar en el IV concurso de Historias de familia organizado por el Club de Escritura Fuentetaja. Mi cuento ha sido seleccionado entre los finalistas de esta edición y será publicado en un ebook. 

El jurado ha escrito sobre mi historia:

"Como si fueran cajas chinas, el recuerdo de la narradora que funciona de historia central concentra otras varias historias: las que cuentan el tío y el padre a los primos en una manifestación (y reivindicación) de la literatura oral que resulta emocionante. La credulidad de la niña protagonista (la narradora en su infancia) le da al relato una dosis de fantasía que le permite moverse en dos planos".

En estos días estoy en modo satisfacción. 

Prepararé un caldo de gallina para celebrar. Están invitados.

Leelo aquí: La victoria sabe a caldo de gallina







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Esta es mi mamá, la maestra Diana, en realidad se llama Teresa y muy pocos lo saben. 

Es del pueblo donde tumbaron la estatua de Chávez en estos días. Es moderna: tiene face, instagram, whatsapp y le gusta mandar emoticones. No perdona las faltas de ortografía.

De joven siempre usaba tacones. No puede vivir sin hacerse las mechas y la pedicura. Se viste de colores vivos, tropicales, pero los hijos le salimos rockeros. Insiste siempre en que comamos con poca sal y grasa. Prepara una chalupa alabada por la familia entera y una sopa con cilantro que perfuma toda la casa y parte de la cuadra donde vive. 

La enloquecen los postres como el flan y el quesillo. Le gusta ver películas. Se agarra la barriga de la risa viendo la serie de TV Seinfield. 

Hoy es día de las madres en Venezuela. Yo me muero por abrazarla y tocarle el brazo frío como en mi niñez. A ella siempre le ha gustado mucho el aire acondicionado a temperatura de Siberia. Cuando yo era pequeña me echaba la siesta a su lado y me encantaba acariciar sus brazos carnosos que se les ponían como un hielo.  Espero volver a echarme la siesta contigo mamita. Tus brazos son mi vicio.
¡Feliz día!
 

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Recorrer La Gran Sabana Venezolana hasta llegar a la frontera con Brasil, es sin duda el mejor viaje de mi vida. 

La Gran Sábana es un territorio de una belleza inimaginable, mágica. Visitar el lugar te cambia la vida. Dicen que la sabana te quiere o te odia: de esto te das cuenta si te pican los “puris-puris” (mosquitos tropicales tamaño helicóptero). Puedo decir que a mí me amo con toda su alma verde, ni una picada, ni siquiera el intento de ella. 

En ese escenario tengo mi mejor retrato: Yo, a mis veinte años sentada en el suelo en la frontera con Brasil, con un sombrero de exploradora, varios collares comprados a los indígenas de la región cuelgan de mi cuello, gafas redondas de sol de moda por aquellos años, vaqueros y calcetines blancos a lo Michael Jackson, y una sonrisa de felicidad y paz. La luz del atardecer detrás, y a mi lado a menos de medio metro una peligrosa  serpiente enrollada. Ni el fotógrafo ni yo nos percatamos de ella hasta revelada la fotografía. Para mis hijos es una foto “épica”. Mamá y la culebra.

De ese viaje conservo en mi memoria los colores, las sombras de las nubes dibujadas encima del verde de la sabana, los lugareños, las cascadas, el fabuloso baño en La Quebrada de Jaspe. La saña de una tormenta tropical que parecía partir las montañas en dos con la furia de sus rayos. Mi descanso nocturno en la camioneta porque olvidé los anclajes de la tienda de campaña. Lo bien que comimos en medio de la nada gracias a un Chef que iba en la excursión, y que convirtió su jeep en una despensa completa. Desayuné unas exquisitas arepas asadas mezcladas con los aromas silvestres de un amanecer límpido, con los majestuosos tepúes de fondo. Cada minuto era estar allí con los cincos sentidos. Presencia absoluta.

De golpe me vinieron a la cabeza ese sin fin de sensaciones escuchando el proyecto “Listen to ecosystems”, los sonidos de un ecosistema hechos arte. La sinfonía de un lugar lleno de vida.

Extrañé el lugar. Volví…

Siempre vuelvo.

Foto por Paolo Costa Baldi. 
Licencia: GFDL/CC-BY-SA 3.0
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Un día en Maracaibo después de la tormenta.
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Iglesia de Santa Bárbara en un día lluvioso.
Maracaibo-Venezuela.
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