Cuando el cineasta alemán Win Wenders se encontró con Lisboa quedó en trance. Enamorado de la ciudad le dedicó esa hermosa película llamada “Lisboa Story” en donde consigue plasmar la identidad de la ciudad con su particular mirada. No me extraña que Portugal sea parte también de la geografía afectiva de su filmografía, el país tiene un aire de serenidad que enamora a primera vista.
Nosotros cuando tenemos la oportunidad nos escapamos a disfrutar del espíritu de sus ciudades. Esta vez fuimos de nuevo a Oporto con la idea de volver a perdernos en sus callejuelas, disfrutar de su gastronomía y de la amabilidad de su gente.
En esta visita no hice muchas fotos, llovía y el sensor de mi cámara necesita una limpieza urgente y eso me desanima bastante a la hora de apretar el botón.
Siempre había visto un Oporto soleado, pero estos días nos tocaron húmedos y fríos. La lluvia derramada sobre la ciudad la convierte en un fado inolvidable.
Aquí un poquito de mi Oporto nublado:
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Medina de Campo es una villa situada en Valladolid, nos queda de camino cuando volvemos de visitar a la familia en Madrid. Habíamos estado en el 2013 para explorar su imponente Castillo de la Mota. Yo soy de las que veo algo bonito desde la carretera y animo a la familia a acercarnos. Así he podido conocer y fotografiar campos de girasoles, molinos, árboles otoñales, ciudades, etc de manera improvisada.
Este verano de regreso a casa nos desviamos a Medina del Campo en busca de un supermercado después de dos intentos frustrados en las desoladas aldeas de Castilla y León, en donde lo único que parecía estar vivo era el sol, ni un alma por las calles, ni una tienda abierta, ni un perro perdido... aldeas donde en verano la vida se va para otro sitio.
Llegamos a la villa y para nuestra sorpresa se celebraba la Semana Renacentista de Medina del Campo. Me encantan este tipo de fiestas en donde los pueblos dan un salto a su pasado. He estado en ferias medievales y celtas, pero nunca en una renacentista, un período histórico que me encanta por la belleza que nos dejó. No podíamos perdernos el acontecimiento, nos robamos dos horas del retorno a casa para caminar por las calles vestidas de renacimiento. Así estaba de bonito todo:
El Lago de Sanabria es un rinconcito natural del cual somos fans desde la primera vez que estuvimos allí. Cada vez que regresamos desde el centro de España a nuestro hogar nos detenemos si el tiempo lo permite a darnos un chapuzón en sus relajadas, fresquitas y cristalinas aguas. Para mí es un paraíso, nadar en un lugar tan apacible acompañada de las montañas que lo rodean es una experiencia única.
Hay viajes de los cuales me cuesta volver y más si me he sentido dentro de un libro pop-up como me sucedió en Carcasona, cuesta pasar página. Su ciudadela medieval perfectamente conservada es como un cuento ilustrado, casi irreal.
Fueron cuatro días intensos en cual cada rincón descubierto era más bonito que el anterior. Disfrutamos de perdernos en sus calles, de probar la gastronomía de la zona (el cassoulet de canard es una revelación). Comimos crepés a reventar, descubrimos las crepés bretonas (galettes) hechas con trigo sarraceno y con rellenos celestiales, entre los cuales se encuentran los miles de quesos franceses que al primer bocado te mandan directo al nirvana.
"El único inconveniente era el fantasma del matrimonio a la fuerza. Pues no sé qué malos precedentes habían hecho prosperar en la costa la creencia de que las novias de Bogotá se hacían fáciles con los costeños y les ponían trampas de cama para casarnos a la fuerza. Y no por amor, sino por la ilusión de vivir con una ventana frente al mar".
Recorrer La Gran Sabana Venezolana hasta llegar a la
frontera con Brasil, es sin duda el mejor viaje de mi vida.
La Gran Sábana es un territorio de una belleza inimaginable,
mágica. Visitar el lugar te cambia la vida. Dicen que la sabana te quiere o te
odia: de esto te das cuenta si te pican los “puris-puris” (mosquitos tropicales
tamaño helicóptero). Puedo decir que a mí me amo con toda su alma verde, ni una
picada, ni siquiera el intento de ella.
En ese escenario tengo mi mejor retrato: Yo, a mis veinte
años sentada en el suelo en la frontera con Brasil, con un sombrero de
exploradora, varios collares comprados a los indígenas de la región cuelgan de
mi cuello, gafas redondas de sol de moda por aquellos años, vaqueros y
calcetines blancos a lo Michael Jackson, y una sonrisa de felicidad y paz. La
luz del atardecer detrás, y a mi lado a menos de medio metro una peligrosa serpiente enrollada. Ni el fotógrafo ni yo nos
percatamos de ella hasta revelada la fotografía. Para mis hijos es una foto “épica”.
Mamá y la culebra.
De ese viaje conservo en mi memoria los colores, las sombras
de las nubes dibujadas encima del verde de la sabana, los lugareños, las cascadas,
el fabuloso baño en La Quebrada de Jaspe. La saña de una tormenta tropical que
parecía partir las montañas en dos con la furia de sus rayos. Mi descanso
nocturno en la camioneta porque olvidé los anclajes de la tienda de campaña. Lo
bien que comimos en medio de la nada gracias a un Chef que iba en la excursión,
y que convirtió su jeep en una despensa completa. Desayuné unas exquisitas arepas asadas
mezcladas con los aromas silvestres de un amanecer límpido, con los majestuosos
tepúes de fondo. Cada minuto era estar allí con los cincos sentidos. Presencia absoluta.
De golpe me vinieron a la cabeza ese sin fin de sensaciones
escuchando el proyecto “Listen to ecosystems”, los sonidos de un ecosistema hechos arte. La sinfonía de un lugar lleno de vida.
Extrañé el lugar. Volví…
Siempre vuelvo.
Foto por Paolo Costa Baldi.
Licencia: GFDL/CC-BY-SA 3.0
Decía el chef Adriá Ferran en una entrevista que Sevilla no se puede explicar, es cierto hay que visitarla para entender el por qué España vende su turismo a través de Andalucía, el alma de los folletos turísticos.
El paso del Guadalquivir bordeado por una arquitectura monumental por las noches se convierte en escenario que parece el fotograma de una película romántica.
Desde el barrio de Triana, cuna del flamenco hasta el de Santa Cruz, con sus casas de patios interiores diseñados para refrescar las tardes de "la caló", y adornados con flores coloridas (algunos son una miniselva), hacen que uno caiga en extasis visual. Una belleza que puede más que cuarenta y dos grados.
Los sevillanos acostumbrados a las maravillas de la ciudad no entienden a los turistas que llegamos en masa a visitar Sevilla en pleno verano; "estáis locos", me dijo un vigilante cuando me quejé del calor por puro vicio, (nací en una ciudad calurosa, así que soy valiente para el calor). En nuestra estancia el termómetro marcaba unos muchísmos grados de más que atormentaron a mis norteños hijos.
Hice sopotocientas fotos, rápido, al vuelo diría, porque la familia no quería esperarme con semejante calorón.
Pero allí resistimos armados de sombreros, abanicos, agua y helados dejándonos querer por la ciudad.
Ayer estuvimos en las Islas Cíes y fuimos saqueados por gaviotas. Aprovecharon cuando estábamos chapoteando en la orilla y nos picotearon la bolsa de comida. Nos robaron el pan, los pistachos y nos desordenaron el chiringuito.
Comimos acurrucados debajo de las sombrillas sentados en círculo vigilando el vuelo rasante de las aves que nos velaban unos macarrones desabridos que mi amigo Jesús y yo preparamos sin una pizca de condimento en la madrugada, casi dormidos y muertos de cansancio turístico.
Se nos acercó a pie una gaviota fea, sucia y despelucada con pinta de malandra y nos pegó un grito al ladito porque enterramos los pistachos que regaron.
A una muchacha que estaba tomando el sol le pellizcaron el dedo. Fuimos testigos.
Las Isla Cíes son de las gaviotas, los humanos somos los intrusos. A nadie le gusta que le invadan su territorio y más si es un paraíso atlántico.
Tengo dos días hablando de mi viaje por Tenerife por casualidad, eso me hizo
recordar que tengo montones de fotos por editar de la isla, y como hoy hace una
apacible mañana de otoño, pongo música (Bob Marley es especial cuando pienso en
islas) y me entrego a la solitaria tarea de hacerlo.
Tenerife, ¿quién no se enamora de esta tierra?, dos mil
treinta y pico kilómetros cuadrados de una orografía esculpida por un volcán apagado
que se alza majestuosamente en medio de la isla, recordándonos el poder de la naturaleza. Playas de arenas volcánicas bañadas por un atlántico tibio en
donde los niños juegan y salen como los deshollinadores de
Mary Poppins. Gente cálida que vive en “slow time” y siempre tienen tiempo para
regalarte una sonrisa. Preguntar por una dirección es ganarse un amigo. Un pueblo que se trajo lo mejor del Caribe y lo fusionó con lo mejor de la península española.
A Tenerife tengo que volver…
Entre otras cosas, si quieren ver la majestuosidad de una erupción volcánica no se pierdan la galería del fotógrafo chileno Francisco Negroni.
Hacer senderismo con los niños puede ser estresante (siempre hay alguien a quien le duelen los pies), pero llegar a la cima después de dos horas de difícil camino y ver la grandeza de la naturaleza les enseña que llegar a un objetivo requiere esfuerzo.



















































