"Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida". Chavela Vargas.
El viejo banco carcomido por el salitre, la aridez de la tierra bajo los pies. El edificio de viviendas lujosas al lado. El contraste de una ciudad injusta que algunos meses me regalaba la brisa fresca del atardecer.
Del otro lado, a lo lejos en la avenida, el tráfico, una raya larga de caos me parecía ajena desde la plaza. El mundo se detenía para permitirme mirar un horizonte por aquel entonces inalcanzable.
He tenido la suerte de conocer algunas de las plazas más bellas del mundo, empedradas, elegantes y conservadas con perfección. Pero ninguna como aquella de la que me apropié para siempre una tarde de enero.
El Lago de Sanabria es un rinconcito natural del cual somos fans desde la primera vez que estuvimos allí. Cada vez que regresamos desde el centro de España a nuestro hogar nos detenemos si el tiempo lo permite a darnos un chapuzón en sus relajadas, fresquitas y cristalinas aguas. Para mí es un paraíso, nadar en un lugar tan apacible acompañada de las montañas que lo rodean es una experiencia única.
Ayer estuvimos en las Islas Cíes y fuimos saqueados por gaviotas. Aprovecharon cuando estábamos chapoteando en la orilla y nos picotearon la bolsa de comida. Nos robaron el pan, los pistachos y nos desordenaron el chiringuito.
Comimos acurrucados debajo de las sombrillas sentados en círculo vigilando el vuelo rasante de las aves que nos velaban unos macarrones desabridos que mi amigo Jesús y yo preparamos sin una pizca de condimento en la madrugada, casi dormidos y muertos de cansancio turístico.
Se nos acercó a pie una gaviota fea, sucia y despelucada con pinta de malandra y nos pegó un grito al ladito porque enterramos los pistachos que regaron.
A una muchacha que estaba tomando el sol le pellizcaron el dedo. Fuimos testigos.
Las Isla Cíes son de las gaviotas, los humanos somos los intrusos. A nadie le gusta que le invadan su territorio y más si es un paraíso atlántico.
"Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado".
Fragmento de Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo de G.G Márquez.
Tengo dos días hablando de mi viaje por Tenerife por casualidad, eso me hizo
recordar que tengo montones de fotos por editar de la isla, y como hoy hace una
apacible mañana de otoño, pongo música (Bob Marley es especial cuando pienso en
islas) y me entrego a la solitaria tarea de hacerlo.
Tenerife, ¿quién no se enamora de esta tierra?, dos mil
treinta y pico kilómetros cuadrados de una orografía esculpida por un volcán apagado
que se alza majestuosamente en medio de la isla, recordándonos el poder de la naturaleza. Playas de arenas volcánicas bañadas por un atlántico tibio en
donde los niños juegan y salen como los deshollinadores de
Mary Poppins. Gente cálida que vive en “slow time” y siempre tienen tiempo para
regalarte una sonrisa. Preguntar por una dirección es ganarse un amigo. Un pueblo que se trajo lo mejor del Caribe y lo fusionó con lo mejor de la península española.
A Tenerife tengo que volver…
Entre otras cosas, si quieren ver la majestuosidad de una erupción volcánica no se pierdan la galería del fotógrafo chileno Francisco Negroni.
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| Acantilados de los Gigantes. Tenerife. |
"El camino no era muy largo. Le propuse a mi abuela que fuéramos en coche, pero ella prefería andar. Fuimos bordeando los acantilados. Un instante, como paralizados por lo que se ofrecía a nuestros ojos, no pudimos menos que detenernos. Allí la tierra se precipitaba hacia el mar de manera inquietante. Ese decorado de fin del mundo inspiraba numerosos suicidios. Se me hacía extraño que alguien pudiera querer morir frente al mar, ante el espectáculo grandilocuente de la belleza terrestre.
Fragmento de la novela "Los Recuerdos" de David Foenkinos.
Hacer senderismo con los niños puede ser estresante (siempre hay alguien a quien le duelen los pies), pero llegar a la cima después de dos horas de difícil camino y ver la grandeza de la naturaleza les enseña que llegar a un objetivo requiere esfuerzo.
"Su único lujo era todavía más simple: una casa de mar, a dos leguas de las oficinas, sin más muebles que seis taburetes artesanales, un tinajero, y una hamaca en la terraza para acostarse a pensar los domingos".
El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez







































