Hay viajes de los cuales me cuesta volver y más si me he sentido dentro de un libro pop-up como me sucedió en Carcasona, cuesta pasar página. Su ciudadela medieval perfectamente conservada es como un cuento ilustrado, casi irreal.
Fueron cuatro días intensos en cual cada rincón descubierto era más bonito que el anterior. Disfrutamos de perdernos en sus calles, de probar la gastronomía de la zona (el cassoulet de canard es una revelación). Comimos crepés a reventar, descubrimos las crepés bretonas (galettes) hechas con trigo sarraceno y con rellenos celestiales, entre los cuales se encuentran los miles de quesos franceses que al primer bocado te mandan directo al nirvana.




