El Lago de Sanabria es un rinconcito natural del cual somos fans desde la primera vez que estuvimos allí. Cada vez que regresamos desde el centro de España a nuestro hogar nos detenemos si el tiempo lo permite a darnos un chapuzón en sus relajadas, fresquitas y cristalinas aguas. Para mí es un paraíso, nadar en un lugar tan apacible acompañada de las montañas que lo rodean es una experiencia única.
Hay viajes de los cuales me cuesta volver y más si me he sentido dentro de un libro pop-up como me sucedió en Carcasona, cuesta pasar página. Su ciudadela medieval perfectamente conservada es como un cuento ilustrado, casi irreal.
Fueron cuatro días intensos en cual cada rincón descubierto era más bonito que el anterior. Disfrutamos de perdernos en sus calles, de probar la gastronomía de la zona (el cassoulet de canard es una revelación). Comimos crepés a reventar, descubrimos las crepés bretonas (galettes) hechas con trigo sarraceno y con rellenos celestiales, entre los cuales se encuentran los miles de quesos franceses que al primer bocado te mandan directo al nirvana.
"El único inconveniente era el fantasma del matrimonio a la fuerza. Pues no sé qué malos precedentes habían hecho prosperar en la costa la creencia de que las novias de Bogotá se hacían fáciles con los costeños y les ponían trampas de cama para casarnos a la fuerza. Y no por amor, sino por la ilusión de vivir con una ventana frente al mar".
Portugal es como esas personas discretas llenas de encantos
por descubrir. De las que no alardean de su atractivo, muy por el
contrario tienes que poner ingenio para conocer todos sus tesoros de
poquito a poquito. Conservan ese halo de misterio fascinante en
cada encuentro y te dejan con ganas de más. Una vez conocidas son tan entrañables que nunca se
olvidan.
Así es Portugal, siempre es un placer volver a recorrer
sus calles, fundirse en todos sus rincones para admirar la discreción de sus encantos.
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