"Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida". Chavela Vargas.
El viejo banco carcomido por el salitre, la aridez de la tierra bajo los pies. El edificio de viviendas lujosas al lado. El contraste de una ciudad injusta que algunos meses me regalaba la brisa fresca del atardecer.
Del otro lado, a lo lejos en la avenida, el tráfico, una raya larga de caos me parecía ajena desde la plaza. El mundo se detenía para permitirme mirar un horizonte por aquel entonces inalcanzable.
He tenido la suerte de conocer algunas de las plazas más bellas del mundo, empedradas, elegantes y conservadas con perfección. Pero ninguna como aquella de la que me apropié para siempre una tarde de enero.
El Lago de Sanabria es un rinconcito natural del cual somos fans desde la primera vez que estuvimos allí. Cada vez que regresamos desde el centro de España a nuestro hogar nos detenemos si el tiempo lo permite a darnos un chapuzón en sus relajadas, fresquitas y cristalinas aguas. Para mí es un paraíso, nadar en un lugar tan apacible acompañada de las montañas que lo rodean es una experiencia única.
Ayer estuvimos en las Islas Cíes y fuimos saqueados por gaviotas. Aprovecharon cuando estábamos chapoteando en la orilla y nos picotearon la bolsa de comida. Nos robaron el pan, los pistachos y nos desordenaron el chiringuito.
Comimos acurrucados debajo de las sombrillas sentados en círculo vigilando el vuelo rasante de las aves que nos velaban unos macarrones desabridos que mi amigo Jesús y yo preparamos sin una pizca de condimento en la madrugada, casi dormidos y muertos de cansancio turístico.
Se nos acercó a pie una gaviota fea, sucia y despelucada con pinta de malandra y nos pegó un grito al ladito porque enterramos los pistachos que regaron.
A una muchacha que estaba tomando el sol le pellizcaron el dedo. Fuimos testigos.
Las Isla Cíes son de las gaviotas, los humanos somos los intrusos. A nadie le gusta que le invadan su territorio y más si es un paraíso atlántico.













