Medina de Campo es una villa situada en Valladolid, nos queda de camino cuando volvemos de visitar a la familia en Madrid. Habíamos estado en el 2013 para explorar su imponente Castillo de la Mota. Yo soy de las que veo algo bonito desde la carretera y animo a la familia a acercarnos. Así he podido conocer y fotografiar campos de girasoles, molinos, árboles otoñales, ciudades, etc de manera improvisada.
Este verano de regreso a casa nos desviamos a Medina del Campo en busca de un supermercado después de dos intentos frustrados en las desoladas aldeas de Castilla y León, en donde lo único que parecía estar vivo era el sol, ni un alma por las calles, ni una tienda abierta, ni un perro perdido... aldeas donde en verano la vida se va para otro sitio.
Llegamos a la villa y para nuestra sorpresa se celebraba la Semana Renacentista de Medina del Campo. Me encantan este tipo de fiestas en donde los pueblos dan un salto a su pasado. He estado en ferias medievales y celtas, pero nunca en una renacentista, un período histórico que me encanta por la belleza que nos dejó. No podíamos perdernos el acontecimiento, nos robamos dos horas del retorno a casa para caminar por las calles vestidas de renacimiento. Así estaba de bonito todo:
El Lago de Sanabria es un rinconcito natural del cual somos fans desde la primera vez que estuvimos allí. Cada vez que regresamos desde el centro de España a nuestro hogar nos detenemos si el tiempo lo permite a darnos un chapuzón en sus relajadas, fresquitas y cristalinas aguas. Para mí es un paraíso, nadar en un lugar tan apacible acompañada de las montañas que lo rodean es una experiencia única.
Hay viajes de los cuales me cuesta volver y más si me he sentido dentro de un libro pop-up como me sucedió en Carcasona, cuesta pasar página. Su ciudadela medieval perfectamente conservada es como un cuento ilustrado, casi irreal.
Fueron cuatro días intensos en cual cada rincón descubierto era más bonito que el anterior. Disfrutamos de perdernos en sus calles, de probar la gastronomía de la zona (el cassoulet de canard es una revelación). Comimos crepés a reventar, descubrimos las crepés bretonas (galettes) hechas con trigo sarraceno y con rellenos celestiales, entre los cuales se encuentran los miles de quesos franceses que al primer bocado te mandan directo al nirvana.
Decía el chef Adriá Ferran en una entrevista que Sevilla no se puede explicar, es cierto hay que visitarla para entender el por qué España vende su turismo a través de Andalucía, el alma de los folletos turísticos.
El paso del Guadalquivir bordeado por una arquitectura monumental por las noches se convierte en escenario que parece el fotograma de una película romántica.
Desde el barrio de Triana, cuna del flamenco hasta el de Santa Cruz, con sus casas de patios interiores diseñados para refrescar las tardes de "la caló", y adornados con flores coloridas (algunos son una miniselva), hacen que uno caiga en extasis visual. Una belleza que puede más que cuarenta y dos grados.
Los sevillanos acostumbrados a las maravillas de la ciudad no entienden a los turistas que llegamos en masa a visitar Sevilla en pleno verano; "estáis locos", me dijo un vigilante cuando me quejé del calor por puro vicio, (nací en una ciudad calurosa, así que soy valiente para el calor). En nuestra estancia el termómetro marcaba unos muchísmos grados de más que atormentaron a mis norteños hijos.
Hice sopotocientas fotos, rápido, al vuelo diría, porque la familia no quería esperarme con semejante calorón.
Pero allí resistimos armados de sombreros, abanicos, agua y helados dejándonos querer por la ciudad.



























