Cuando el cineasta alemán Win Wenders se encontró con Lisboa quedó en trance. Enamorado de la ciudad le dedicó esa hermosa película llamada “Lisboa Story” en donde consigue plasmar la identidad de la ciudad con su particular mirada. No me extraña que Portugal sea parte también de la geografía afectiva de su filmografía, el país tiene un aire de serenidad que enamora a primera vista.
Nosotros cuando tenemos la oportunidad nos escapamos a disfrutar del espíritu de sus ciudades. Esta vez fuimos de nuevo a Oporto con la idea de volver a perdernos en sus callejuelas, disfrutar de su gastronomía y de la amabilidad de su gente.
En esta visita no hice muchas fotos, llovía y el sensor de mi cámara necesita una limpieza urgente y eso me desanima bastante a la hora de apretar el botón.
Siempre había visto un Oporto soleado, pero estos días nos tocaron húmedos y fríos. La lluvia derramada sobre la ciudad la convierte en un fado inolvidable.
Aquí un poquito de mi Oporto nublado:
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Siempre
que viajamos con los niños hay contrariedades y protestas “porque
tenemos que ver esas casas viejas”, “estamos cansados”, “me duelen los
pies” “que tiene esa puerta que mamá se queda tomándole fotos”, “me
quiero ir al hotel”…
Sin
embargo, el fin de semana pasado que estuvimos en Lisboa, no hubo una
sola protesta (excepto que no pudimos
subirnos al tranvía con Papá Noel y casi lloró con mi hijo menor de la
desilusión) y eso que nos pegamos una paliza . Estaban de muy buen humor y hasta nos reímos de como nos
dolían las uñas de los dedos gordos de los pies, y de las técnicas de
frenado que cada uno usaba al bajar las empinadas cuestas de Alfama.
Será
la atmósfera tan humana de la ciudad, el fado o el caldito verde que
aquietan las almas, no lo sé, pero vinimos contentos y con ganas de
volver.
Ayer el mal tiempo se anunció con bombo y platillo. Hubo un viento feroz que llegó sin avisar acompañado de un cielo de un color amenazante indescriptible. En los veinte minutos que duró, silbó con fuerza, despeinó árboles, desbarató vallas, voló contenedores, dobló paraguas, meció farolas, inquietó el vuelo de los pájaros y mortificó a la gente en la calle que corría buscando refugio ante tanta furia. Se apagó de pronto y nos dejó la lluvia intermitente quizás hasta cuando... Vivo desde hace años en Santiago y aún me asombra la rareza de su cielo.
















































