jueves, 28 de mayo de 2015

Mauricio de filosofía



Mauricio mi amigo de la facultad era estudiante de filosofía, aspirante a escritor y entusiasta de cambiar el mundo.

Lo conocí en el bus gratuito de la universidad, Mauricio venía a mi lado en uno de los recorridos donde los estudiantes íbamos apretujados ahogados de calor. Yo iba cargada de mis pinturas para la clase de expresión plástica y sin saberlo le volqué un bote de pintura roja en su pantalón que chorreaba desde mi mochila apoyada en mis piernas. Exclamé de estupefacción, él se asustó bastante con la hemorragia falsa de nuestros pantalones. Quise remediarlo suplicando que me llevaba sus pantalones para lavarlos en casa, que le dejaba uno de mi papá, que irse en ropa interior no era tan grave. Así, entre el accidente y las risas surgió la amistad.

Me esperaba en la cafetería para desayunar después de sus clases de humanismo y democracia entusiasmado, cargado de sueños imposibles y de su libreta de espiral amarillenta por el manoseo en donde garabateaba sus historias. Me gustaba descifrar sus relatos con su caligrafía desordenada donde las a se confundían con las u, mientras él en silencio se tomaba el café con leche sin azúcar de todas las mañanas, esperando nervioso mi veredicto. Sus historias estaban invadidas por su propio aire melancólico y nunca tenían un final feliz, como fue su propia vida.

Abandonó la carrera en el tercer año  por un amor desagradecido que de un solo latigazo le hizo renunciar a todas las cuestiones filosóficas que guiaban su vida, a su poesía y a mi papel de jovencísima crítica literaria sin más fundamento que opinar si me gustaban o no sus escritos.

A Mauricio le perdí la pista, pero supe que no le fue bien,  me quedé para siempre  con el comienzo de una de sus historias escritas en la servilleta de una mañana nublada con un lápiz entristecido, un café desabrido y como un presagio de lo que le iba a suceder: “Y allí estaba ella, empujándome al precipicio que era su mirada”…