Duros de matar

by - septiembre 24, 2015


En mi ciudad natal había una sala de cine llamada Altamira, quedaba en un bajo de un edificio de 15 plantas desalojadas en donde en un tiempo funcionaban las oficinas del Banco del Comercio, desaparecido a finales de los años 70. Cuando iba a ver alguna película en ese cine mi papá me decía: "mirá que ese cine se va a caer".  Hasta la fecha no sé si eso del derrumbe inminente es una leyenda urbana, porque la última vez que fui a Maracaibo el edificio estaba igual que siempre: en pie. Con la llegada de los Mall y sus multicines "el altamira" como le conocíamos cerró sus puertas para siempre.

Lo cierto es que era el cine de los sustos. Una noche viendo “Duro de matar”, justo en la escena donde un camión se volcaba y había un apocalipsis total con gasolina y explosiones por doquier, se cayó una pequeña parte del cielo raso del cine causando un moderado estruendo y a un espectador bromista se le ocurrió gritar: “el cine se está cayendo”. En ese momento sí que empezó la acción en vivo y en directo. Salimos corriendo, saltando butacas pensando que la profecía popular se cumplía. Una masa de gente asustada quedó amuñuñada en la puerta tratando de escapar de tres pedazos de techo falso que llovieron sobre unas butacas vacías, mientras un Bruce Willis aguerrido envuelto en una nube de pólvora se batía a tiros con una metralleta en su lucha contra el mal, acompañado de los alaridos reales de la audiencia en huida

Quedamos en la calle con las piernas temblorosas, riéndonos nerviosamente, hasta que salió el acomodador linterna en mano para decirnos que se reanudaba la función después de inspeccionar el techo. Entramos de nuevo ya con el corazón apaciguado lamentándonos de las cocacolas y las palomitas abandonadas a su suerte con el pánico del aplastamiento y sintiéndonos inmortales como el protagonista de la película. 

En otra oportunidad, mientras descubríamos el “carpem diem” y cuando se había desatado la lloradera colectiva con “El club de los poetas muertos”, una amenaza de fuego nos secó las lágrimas de golpe y acabó con la función. Se estaba incendiando el mercadito que quedaba en frente del edificio y el vigilante sin considerar nuestra tristeza gritó en medio de la película: “se están quemando los carros”. Salí con desorden olvidando los simulacros de incendio que tanto hacen en el colegio para rescatar de las llamas a mi viejo y fiel chevette. 

Y ya ni les cuento la sensación de ver “Sexto sentido”, (una de las películas más aterradoras que he visto) en ese cine en el cual uno sentía que en cualquier momento podía pasar al mismo lado del Dr. Malcom, el psicólogo que encarnaba esta vez Willis en el film, pero las ganas de ver una película un sábado junto a los amigos podía más que las advertencias nunca certificadas de los bomberos y la de los padres preocupados. 

¿Y por qué me ha dado por contar esta anécdota? pues, porque en un cine de Madrid han pasado un susto similar, según leí en el periódico. Sucesos que refrescan mi memoria.


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