viernes, 1 de julio de 2016

Camila

 Fotografía: Anna O

En su lugar favorito en el banco de la plaza con vistas al mar, él saco una fotografía de su bolsillo. Recordó que en ese mismo lugar Camila la había hecho con el sol del atardecer como testigo. Aparecía de perfil, enamorado, con la brisa de fondo como escenario. Sonrío recordando a la niña en bicicleta que detuvo el disparo de la cámara para preguntar si eran novios, Camila dijo que sí, y la niña pedaleando se alejó gritando eres muy bonita para él y la bicicleta escapando también quedó congelada en la fotografía. 

Pensó en la mañana que la vio por primera vez, no hubo mucho tiempo para conocerse porque se miraron y enseguida se quisieron. Camila y su vestido azul para las tardes del sábado en el cual se tumbaban en una hamaca a contarse historias. Ella las comenzaba con seriedad y él las terminaba con finales disparatados y ella se reía. Él le hacía cosquillas y Camila reía aún más y el vestido azul se le revolvía. Cada sábado la quería un poquito más. 

Aún pensaba en el instante que Camila le reveló su ombligo perfecto enmarcado en su breve cintura como tallado a mano por el mejor escultor de la humanidad, allí en ese lugar en el cual comenzaba la calidez de su vientre, donde él se abandonaba y quería quedarse para siempre. 


Camila y su imposibilidad para el orden, un día ponía algo aquí y al otro estaba allá como sus sentimientos  efímeros. Camila dando tumbos en la vida, buscando a tientas un lugar que la definiera, viviendo como un cometa, queriendo volar aún más lejos. 

Todavía estaba en su cabeza la noche en que la dejo ir con la misma brisa que la trajo por culpa de su simpleza en el amor. Aún la piensa cada vez que ve el mar. Él ahora tiene su vida ordenada, con las horas tan perfectas como desabridas, sin la revolución del vestido azul, sin el huracán que desataba su mirada.