sábado, 27 de junio de 2015

Gabo y yo


"Una mañana, mientras cortaba rosas de su jardín; Florentino Ariza no pudo resistir la tentación de llevarle una en la próxima visita. Fue un problema difícil en el lenguaje de las flores por tratarse de una viuda reciente. Una rosa roja, símbolo de la pasión en llamas, podía ser ofensiva para su luto. Las rosas amarillas, que en otro lenguaje eran las flores de la buena suerte, eran expresión de celos en el vocabulario común. Alguna vez le habían hablado de las rosas negras de Turquía, que tal vez fueran las más indicadas, pero no había podido conseguirlas para aclimatarlas en su patio.
Después de mucho pensarlo se arriesgó con una rosa blanca, que le gustaban menos que las otras, por insípidas y mudas: no decían nada. A última hora, por si Fermina Daza tenía la malicia de darle sentido, le quitó las espinas."
G. García Márquez. El amor en los tiempos del cólera.


"El amor en los tiempos del cólera" es uno de mis libros de cabecera. Lo releo al derecho y al revés, suspiro en cada página, me paseo en sus palabras, los subrayo una y otra vez. Me inspira. La belleza de su prosa hace distraerme de malos pensamientos cuando estoy triste y desmotivada. Vivo cada uno de sus personajes, tanto que me niego a ver la adaptación cinematográfica por miedo a despedazar mi imaginación. Además ¿quién ha dicho que Javier Bardem se parece a Florentino Ariza? un error imperdonable en mi opinión.
Yo me enamoré de la literatura de García Márquez a mis quince años cuando me asignaron a leer en el instituto "Cien años de soledad", me gustó tanto que desde entonces puedo recitar de memoria sus primeros párrafos. Mis compañeros interesados en cosas de adolescentes se asombraban de que yo pasara horas leyendo una novela tan larga y tan difícil. Para el examen me pedían que les contara la trama y así ahorrarse lo que para ellos era una engorrosa lectura.  Yo iba encanta al salir del turno de las tarde a narrar.

Nos reuníamos en el patio del colegio bajo un árbol frondoso, ellos me escuchaban atentamente apuntando en la libreta cada Aureliano, cada José Arcadio Buendía para no perderse en el mar genealógico de la novela. En esa evaluación saqué la máxima nota y lo recuerdo porque mis compañeros vinieron corriendo con la noticia,  me aplaudieron en medio del recreo haciéndome sonrojar, morir de felicidad y alejarme de las matemáticas para siempre. Juancho, un cura jesuíta vasco y progre, mi profesor de literatura del cual decían los muchachos del colegio que yo era su consentida, y al cual me enviaban cada vez que no estudiaban a rogar aplazamientos de evaluaciones y entrega de trabajos con éxito, me felicitó no sólo por la nota, sino también por mi interés de haber leído "El olor de la guayaba" para preparar el examen.

Con la muerte del escritor hace dos años, me propuse releer toda su obra y leer todo aquello que me faltaba. Con la madurez descubrí que "El amor en los tiempos del cólera" es un ensayo fantástico sobre el matrimonio, el amor, la vida en pareja, pero sobretodo de la esperanza. "Memorias de mi putas tristes", no va de un viejo como lo interpreté la primera vez que lo leí, en cambio es una reflexión sobre la transición del cuerpo y el alma a la vejez. En "Cien años de Soledad" redescubrí a Mauricio Babilonia, uno de los breves personajes más bellos creados de la mano de un escritor. Me sorprendí mucho cuando en "Vivir para contarla" leí que los diecisiete Aurelianos de la cruz de ceniza en la frente realmente existieron con todo y su desparpajo caribeño.   

Con sus cuentos cortos me sumerjo en la complejidad de la vida latinoamericana, en recordar la cantidad de veces que viví situaciones "marquianas", de esas que hacen sentirte parte de una ficción y explican nuestro carácter barroco y mi gusto por las historias bizarras. Podría pasar horas hablando sobre cada cuento, de mi pasión por su prosa porque lo mío con  el Gabo fue como la mirada casual de Fermina Daza y Florentino Ariza “el origen de un cataclismo de amor que medio siglo después no había terminado".